33 años de la muerte de Paquirri

Francisco Rivera Paquirri, murió el 26 de Septiembre de 1984 a consecuencia de una grave cornada en la plaza de toros de Pozoblanco, un pueblo al norte de Córdoba, fue enterrado en el cementerio de San Fernando de Sevilla, donde la noticia de su fallecimiento cayó como un mazazo impresionante. La reacción en el resto del mundo, y especialmente en el universo taurino, ha sido de estupor y de sorpresa, porque en un principio una cogida como la que sufrió el torero de Zahara de los Atunes, residente en Sevilla, no se considera insólita ni necesariamente mortal en la lidia. En estas páginas se hace el relato sobre el trágico traslado del torero a un hospital de Córdoba, se reflejó en el clima de emoción que se vivió en la capital andaluza y se subrayan hechos que ilustran el drama latente del mundo taurino.

“El torero iba algo analgesiado”, recuerda Eliseo Morán, el cirujano que le practicó la intervención quirúrgica en la enfermería de la plaza. “Es decir, que iba consciente y, como es natural, sufría mucho”. Los dolores, pese a los calmantes, debieron ser muy fuertes. Le acompañaban en la ambulancia el doctor Funes, anestesista reanimador, y Ramón, el mozo de espadas. Cerca de 70 kílómetros habían recorrido, más de hora y media de viaje, y Córdoba se abría en la calima tras el parabrisas, cuando Paquirri empezó a sudar copiosamente y a sentir los efectos de una insuficiencia respiratoria. “Me siento muy mal”, dijo.Había sobrevenido el paro cardíaco. Detuvieron la ambulancia para esperar al doctor Rafael Ruiz, cirujano jefe de la plaza de Córdoba, que había presenciado la cogida y decidió acompañar al torero. En plena carretera nada se podía hacer, que no hubiese intentado el doctor Funes. Allí mismo cambiaron el lugar de destino: “No vayamos a la residencia sanitaria Princesa Sofía, pues hay que atravesar toda Córdoba; mejor el Hospital Militar, que está más cerca”.

Los doctores Dávila, Villarta y Ruiz Villegas se hicieron cargo del herido, en el servicio de urgencia, y le aplicaron las necesarias técnicas de reanimacíón, incluido el masaje cardíaco, pero nada se pudo hacer. Paquirri murió nada más entrar en el quiráfano. Eran las 21.40 horas.

En Pozoblanco quedaba una población desolada. Las fiestas de Nuestra Señora de las Mercedes se vinieron abajo al conocerse la noticia del fatal desenlace.

Paquirri había llegado a. Pozoblanco, por carretera, el mismo día 26, a las 07.30 horas, acompañado de su hermano, Riverita. Se alojó en el hotel Los Godos, habitación 307, e inmediatamente se fue a dormir. Hacia las 12 apareció en el comedor, donde almorzó con toda la cuadrilla Sólo comió tortilla de patata, un flan y agua mineral. A las dos de la tarde, después de conversardurante un rato con Yiyo, que también toreaba, regresó a la habitación y puso numerosas conferencias telefónicas. Hacia las cinco pidió un café con mucha leche. Poco después de las 17.30 horas partía para la plaza. Vestía un terno verde claro y oro.

“La corrida era una gran fiesta”, dice el doctor Morán. “Los toros salían terciados y con clase, también flojos, y los toreros estaban insuperables. Tres fenómenos. Los médicos la presenciábamos relajados, con la certeza de que nada podría ocurrir, y menos aún a Paquirri, que es un torero que transmite seguridad”.

El número 9

Pero ocurrió. El cuarto, Avispado, número 9, negro, 420 kilos, bien armado, tomó sin problemas el capote, que Paquirri manejaba suavemente al a verónica e intercaló un par de chiquelinas mirando al tendido. Tras el primer puyazo hizo el quite y el toro le salió suelto. Un peón le cortó la salida, Volvió el toro hacía donde se encontraba Paquirri, muy próximo al burladero de capotes. Éste le marcó la salida con el percal, hacia afuera sin rectificar su terreno. Pero el toro sí rectificó el suyo, se venció y en el primer derrote le clavó profundo el pitón derecho en el tercio superior de la pierna derecha. Entrar el pitón y manar sangre, todo fue uno. Las cuadrillas al quite -incluso saltaron a la arena empleados de la plaza- el toro no soltaba su presa: la zarandeaba furiosamente en todas direcciones. Paquirri se agarró a las astas y empujó el testuz para librarse de la cornada. El tiempo que duró la cogida se hizo interminable. Casi lo era. El doctor Morán corría hacia la enfermería y cuando llegaba a ella, miró hacia el redondel y aún pudo ver que Paquirri continuaba volteando sobre el pitón.

Las asistencias se llevaron al torero, que iba dejando un reguero de sangre en la arena y por el callejón. Le manaba como de un surtidor. “Una vez en la enfermería”, explica el doctor Morán, “se le hizo un torniquete, procedimos a explorar la zona dañada. Paquirri nos animaba, con una sorprendente entereza: ‘tranquilos, que yo sé de esto; no pasa nada’. Y me iba anunciando las trayectorias de la cornada con enorme precisión. La herida era horrible. El paquete vásculo-nervioso estaba arrancado, y no digamos de la pierna, cuyos músculos, nervios, etcétera habían, quedado destrozados. El dedo de la exploración no alcanzaba el final de la trayectoria que iba a la fosa ilíaca. Ligamos la safena y la femoral; contuvimos varias veces las hemorragias y cua ndo pareció que ya habían remitido, preparamos al torero para su traslado a Córdoba”. Ahora se dice que quizá hubiera sido preferible dejar al torero inmovilizado en la enfermería. La pregunta siguiente es qué habría sucedido si esta cornada se produce en Las Ventas o en la Maestranza, con una enfermería perfectamente dotada, a pocos metros. El doctor Morán cree que el resultado final, lamentablemente, habría sido el mismo.

La enfermería de Pozoblanco, según el cirujano, está bien, “dentro de lo que cabe”. Tuvo, además, ayuda improvisada de varios doctores que se encontraban presenciando el festejo: Ruiz González, Cabrera, Arévalo, Torres, Redondo, Dueñas.

El horror de la cogida se había reflejado en el griterío y en la tremenda crispación del público.

 

 

 

 

 

 

 

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